Ya había comenzado la sequía, en el cuartel todos sabían que marzo y diciembre siempre eran los meses más difíciles del año, tenían que lidiar con incendios de todas las magnitudes.
Los muchachos bromeaban diciéndole a los novatos que el entrenamiento comienza en Mayo con las lluvias, en Diciembre tienen exámenes finales, pero en Marzo, en Marzo era la tesis.
La camaradería en el cuartel era grandiosa, todos eran buenos amigos, tenían tantas historias compartidas e increíbles; hasta Península la perrita que habían adoptado en el cuartel ya era parte de la familia.
Era un lunes en la mañana, ese día a Velásquez le había tocado lavar el camión, habían apostado el y Rodríguez jugando al dominó contra otros dos compañeros y perdieron, así que les tocó hacer 2 personas el trabajo de 4; más sin embargo no les había importado mucho ya que la partida estuvo buenísima y todo el juego se había decidido en la última mano.
Entonces ese lunes de finales de Marzo Velásquez estaba echándole manguerasos a Península mientras enjuagaba el camión recién lavado, cuando comenzó a sonar la alarma.
Cada vez que las sirenas hacían el giro en sus oídos, la sangre se le inyectaba de adrenalina, sentía como le burbujeaba por dentro de sus venas, se sentía liviano e inmortal, como si un inmenso manto lo envolviera y lo liberara; su mente se despejaba por completo y se convertía solo por ese sonido en otro ser. Coexistían en si mismo el mortal y el inmortal, el héroe y el antihéroe, el invencible y Velásquez.
Luego del impacto inicial de las sirenas, los muchachos del cuartel se sincronizaban como un hermoso ballet ruso, sabían sin perder tiempo que posiciones tomar, hasta Península sabía sin titubear en donde debía sentarse, un perfecto ejemplo para Pavlov.
Una vez que todos los muchachos estaban en el camión, salieron a toda velocidad del cuartel con las sirenas y las cocteleras encendidas, el comandante hablaba con los muchachos explicándoles que el incendio era en
Cuando llegaron a la casa hogar, tras burlar el más impresionante de los tráficos capitalinos, comenzaron a desmontar las mangueras, conectarlas a los hidrantes y a las cisternas, al igual que las Brigadas del Cafetal y la brigada bomberil de los estudiantes de la UCV; las estrategias de colaboración habían sido discutidas desde el camión de bomberos y ya estaban todos listos para apagar el fuego.
La consigna era: primero se debe apagar el fuego contiguo a lo no quemado y no apagar el fuego contiguo a piezas carbonizadas, lo que ya se había quemado no tenía remedio, pero había que prevenir que más cosas siguieran ardiendo y así controlar el fuego, Velásquez sabia que lo más importante era el rescate de las víctimas, y para eso primero tenían que controlar el fuego.
Todos se habían puesto de acuerdo en aplicar una nueva técnica bomberil para sacar a los niños, había que mantener una ventilación fluida y atacar el fuego desde adentro, para que así escaparan el vapor y los gases de manera "Natural" por las ventanas que dan hacia
La primera habitación a la que se enfrentó Velásquez fue el pasillo principal, las escaleras ardían sin control, al igual que enormes figuras religiosas que se apostaban en sendos lados del pasillo, mientras apagaba el fuego podía imaginar como los niños bajaban en horas de la mañana al sonar la campana para desayunar, esa vieja estructura de madera sonaba como un hipódromo en pleno Domingo, cuando esas veinte inquietas almas corrían en manada escaleras abajo hasta el comedor. El calor era intenso y lo podía sentir ardiéndole en la piel mientras le ponía más empeño en extinguir completamente el fuego de dicha habitación.
El humo y el hollín había hecho mella en los techos del salón, Velásquez pidió más manguera y se enfrentó a la segunda habitación, era uno de los salones de clase, aún quedaban algunos de los dibujos de los niños sin quemarse en las paredes, solo las dos primeras filas de pupitres se habían quemado ya, imaginaba a los niños con enormes cajas de colores haciendo dibujos sobre sus profesiones futuras, uno que otro que soñara en ser bombero como él, recordó su propia infancia, su maestra, sus compañeros y con mas empeño extinguió por completo la habitación, casi no podía creer que había logrado extinguirlo. Estaba agotado, pero por nada del mundo iba a dejar de buscar a los niños.
Al salir del salón comenzó a apagar el pasillo contiguo a éste, y mientras luchaba contra el fuego intenso que le ardía en las mejillas, encontró el cuerpo sin vida de lo que parecía ser una de las monjitas, inmediatamente pidió refuerzos para sacarla del edificio. Desafortunadamente no había mucho que hacer, su cuerpo si vida había colapsado tras una lucha incesante entre quemaduras de tercer grado y asfixia por humo.
A medida que iba penetrando Velasquez y apagando el fuego que se había adueñado del lugar, más cansado y más invencible se sentía, cuando estaba frente a la cocina oyó detrás de él unos ladridos, era península, toda cubierta de hollín apoyandolo y dándole fuerzas para apagar el fuego, Velasquez penetró en lo que era la cocina, al parecer el incendio se había iniciado en esa habitación, estaba carbonizada casi por completo, en el fondo se veían cacharros y ollas, colocados por toda la destrozada habitación, península comenzó a ladrarle a una puerta, Velasquez tuvo la sensación que ahí se encontraban los niños, desafortunadamente encontró en la cocina los cuerpos de las otras 3 monjitas casi irreconocibles en la habitación que ardía por completo.
Una vez que Velasquez logró mover la viga tras un esfuerzo sobre humano, la misma se avalanzó sobre él y lo noqueó contra el suelo, sentía el ardor en su espalda de la madera atravesandole el cuerpo, se dejó ir lentamente mientras el fuego le dividía el alma y el cuerpo mientras estaba tendido en el piso; cuando su cuerpo agotado y vencido estaba a punto de dejarse llevar por la lluvia helada de la muerte, Península empujó la puerta que había estado bloqueada y alcanzó a ver una hermosa habitación perfectamente iluminada, sin humo, sin fuego, habían veinte niños sentados en una mesa sonriendo.
El fuego no había profanado aquel comedor iluminado, los niños se alegraron al ver a la perrita y Península los guió hasta las afueras del edificio, y de ahi salieron los veinte niños riendo agarraditos todos de las manos, cantando las canciones que les habían enseñado en clases de musica las monjitas.
Los bomberos quedaron paralizados ante la escena, el capitán llamaba desesperado a Velasquez para felicitarlo por el rescate, y fue cuando una pequeña niña de 8 años se acerco al capitán y le dijo - Señor Bombero, el bombero Velasquez ya está en el cielo-.

2 comments:
escribes bastante bien, sigue escribiendo
que fino quedo este amiga!!!!
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