viernes 25 de abril de 2008

Cuento #3: Viaje en 2.583 Globos



El Padre Bartolomé había sido asignado hace ya un par de años a la parroquia de El Molino en un sector llamado Canaguá del los Andes Venezolanos por ser oriundo de la zona lo hacía mucho más sensible a la comunidad que habitaba en el lugar.


El Molino es un pequeño caserío que cuenta apenas con 6 calles una plaza y una capilla, y el Padre Bartolomé en poco tiempo era un miembro activo de la comunidad, tenia a cargo a parte de la iglesia un ancianato en donde la comunidad contribuía a diario para darle albergue a 15 viejitos que habían quedado desprotegidos y allí habían conseguido hacer un hogar.


La situación era difícil para todos en el pueblo, desde el año pasado, tras una enorme vaguada los caminos habían quedado muy deteriorados y llegar hasta el pueblo se había convertido en casi una proeza troyana, inmensas montañas de tierra y piedras se habían apostado en las carreteras y aun con los tractores de los agricultores de la zona, no se había podido reestablecer las vías en su totalidad.


A pesar de las dificultades los vecinos no dejaban de llevar comida a los viejitos, porque ya era parte de su rutina, a finales de abril, tras una intensa sequía, las lluvias amenazaban con mas fuerza que el año anterior, y eso los asustaba a todos, no querían quedarse como el año anterior.. encerrados sin caminos en la mitad de la montaña.


Ese viernes en la noche de fines de abril, los temores del pueblo se encendieron, el agua no dejó de llorar del cielo, necesitadas las nubes después de la agotadora sequía, se desahogaba el cielo con fuerza sobre los andes, tanta fuerza tenia esa lluvia ansiosa que arrastro con ella el hollín de los incendios forestales, los frailejones acunados en la montaña y sin piedad se llevó montaña abajo el techo del salón de estar del ancianato.


Esa mañana del sábado había llegado el agua hasta los cuartos de los ancianos, uno de ellos salió gritando buscando el bote salvavidas, confundido por tanta agua, se creyó en un barco, aquel como en el que llegó hace 70 años a Venezuela, y el resto de los ancianos gritaban por ser los primeros en abordar los botes salvavidas imaginarios.


El padre Bartolomé era un sacerdote de espíritu joven, aún con sus manos cansadas el ímpetu de su espíritu lo hacía luchar a diario por llevar con bien a las ovejas de su rebaño, impulsado por su espíritu joven, no podía permitir que los ancianos estuvieran en esa situación; saco cuentas en su despacho de los ahorros de la parroquia, y tristemente se dio cuenta que no alcanzaban para comprar los materiales, con los que repararían el ancianato.


Consternado habló con sus feligreses el domingo en el sermón, y aunque todos pusieron de su parte, los daños habían sido importantes y necesitaban una considerable suma para hacer las reparaciones, así que tenia que ingeniárselas para solucionar el problema lo más rápido posible.


Al salir de misa el padre cruzó la plaza y ahí estaba el Sr. José con su carrito de globos, compró uno, le escribió una oración a Dios pidiéndole ayuda y lo dejó ir, de alguna forma el elevarse hasta el cielo lo haría llegar mas cerca de Dios, y así el mensaje llegaría más rápido.


Entonces el padre Bartolomé lo vió todo como una gran iluminación, mientras el globo se perdía en las nubes, más allá de la montaña, concibió un gran plan para recoger dinero para arreglar el geriátrico, venderían deseos en globos, se decía a sí mismo, como no lo había pensado antes, lo que completaría su plan y lo haría muchísimo mas interesante, es que él se los entregaría personalmente a Dios.


Su plan consistía en vender suficientes globos que levantaran su peso y se elevaría a la deriva del viento para subir personalmente a las nubes todos los deseos y oraciones de las personas que contribuyan.


La noticia comenzó a esparcirse por el pueblo y la gente entusiasmada compraba su tarjetita para ser anudada a su globo, luego pasó a conocerse en todo el municipio, luego llegó hasta la ciudad de Mérida la noticia, y como allá están un poco mas avanzados con la tecnología, los jóvenes de la universidad hicieron una campaña y recibían los depósitos electrónicamente así como los deseos de las personas que querían contribuir.


Ese plan de los muchachos fue mágico, en menos de una semana solo electrónicamente tenían exactamente 2.583 deseos, globos y la respectiva contribución.


El Padre Bartolomé no lo podía creer, habían triplicado la cifra que necesitaban para hacer las reparaciones, y con los ingresos extra ya se gestaban proyectos de cambiar los colchones y comprar lencería nueva para el ancianato, entre otras cosas. El proyecto había sido todo un éxito y todos estaban muy emocionados.


Esa tarde de sábado, una semana exacta desde que el ancianato había sido arrastrado por la lluvia, con un excedente del doble del presupuesto de reparación, el Padre Bartolomé, estaba en la plaza Bolívar del pueblo, rodeado de su comunidad y uno que otro periodista curioso por publicar la noticia. Se sentó sobre un columpio de madera amarrado a 3.196 globos de todos los colores, que tenían en su nudo una pequeña tarjeta con un deseo, cada persona había confiado al padre; una oración para que se la entregara en sus manos al mismísimo Dios.


El Padre Bartolomé se sentó en el columpio a su mano izquierda estaba su globo con su deseo, lo vio con ilusión y se anunció la gran partida.. los niños aplaudían, los ancianos eran los espectadores en primera fila del gran espectáculo, un niño chiquitico se le acerco al Padre y le dijo –Sr. Cura dígale a Papadios que cure a mi mami- El padre Bartolomé le acarició la cara y sus ojos se pusieron vidriosos. Asintió con la cabeza, se sentó en el columpió, se preparó y remontó a volar.


El viaje al principio era incómodo y vertiginoso, el columpio se movía al correr del viento y el Padre Bartolomé se agarraba con fuerza, pero de pronto, todos sus miedos desaparecieron, era tan ligero como un globo, no tenía rumbo solo las manos de Dios, olía a lluvia y las montañas comenzaron a besarle los pies.


Mientras remontaba la montaña que los separaba del valle, el Padre iba recordando su propio deseo, deseaba con tanta fuerza que las cosas volvieran a ser simples como cuando el era un niño y crecía en los sembradíos de sus abuelos muy cerca del pueblo de El Molino.


Sus pies rozaban las puntas de los árboles, apenas si tocaban las copas de éstos, el viento era frió, como tomar agua directamente del Chama en las partes altas, entrecerraba los ojos disfrutando del momento y fue cuando su pie se enredó con un delgado cordón que estaba en la punta del último árbol antes de remontar hacia el valle.


Se había anudado en su pie un cometa, no era cualquier cometa, era su cometa que había perdido en algún momento de su infancia, tenia su nombre en marcadores indelebles de colores, lo tomó en sus brazos y comenzó a llorar, Dios le había concedido su deseo, las cosas volvían a ser simples de nuevo, volaba, como su cometa lo hacía volar en su infancia. Así que sonrío con su cometa en brazos y fue a entregar el resto de los deseos a Dios.


Nunca más se supo de él, algunos cuentan que vieron ángeles enormes abrazándolo y llevándoselo al cielo, otros dicen que se congeló en las nieves perennes de los andes, lo cierto es que los deseos llegaron sin intermediarios y Dios les regalo a todos los que mandaron una ilusión en un globo un deseo cumplido.

i.

martes 1 de abril de 2008

Cuento #2: Península

Ya había comenzado la sequía, en el cuartel todos sabían que marzo y diciembre siempre eran los meses más difíciles del año, tenían que lidiar con incendios de todas las magnitudes.

Los muchachos bromeaban diciéndole a los novatos que el entrenamiento comienza en Mayo con las lluvias, en Diciembre tienen exámenes finales, pero en Marzo, en Marzo era la tesis.

La camaradería en el cuartel era grandiosa, todos eran buenos amigos, tenían tantas historias compartidas e increíbles; hasta Península la perrita que habían adoptado en el cuartel ya era parte de la familia.

Era un lunes en la mañana, ese día a Velásquez le había tocado lavar el camión, habían apostado el y Rodríguez jugando al dominó contra otros dos compañeros y perdieron, así que les tocó hacer 2 personas el trabajo de 4; más sin embargo no les había importado mucho ya que la partida estuvo buenísima y todo el juego se había decidido en la última mano.

Entonces ese lunes de finales de Marzo Velásquez estaba echándole manguerasos a Península mientras enjuagaba el camión recién lavado, cuando comenzó a sonar la alarma.

Cada vez que las sirenas hacían el giro en sus oídos, la sangre se le inyectaba de adrenalina, sentía como le burbujeaba por dentro de sus venas, se sentía liviano e inmortal, como si un inmenso manto lo envolviera y lo liberara; su mente se despejaba por completo y se convertía solo por ese sonido en otro ser. Coexistían en si mismo el mortal y el inmortal, el héroe y el antihéroe, el invencible y Velásquez.

Luego del impacto inicial de las sirenas, los muchachos del cuartel se sincronizaban como un hermoso ballet ruso, sabían sin perder tiempo que posiciones tomar, hasta Península sabía sin titubear en donde debía sentarse, un perfecto ejemplo para Pavlov.

Una vez que todos los muchachos estaban en el camión, salieron a toda velocidad del cuartel con las sirenas y las cocteleras encendidas, el comandante hablaba con los muchachos explicándoles que el incendio era en la "Casa Hogar de las Hermanitas de Jesús" un orfanato que albergaba a veinte niños todos menores de 12 años, y a las cuatro monjitas que manejaban el lugar, el ambiente estaba tenso, sabían que había niños y ancianas, eso hacía que las cosas siempre fueran mucho mas complicadas y mas dramáticas.

Cuando llegaron a la casa hogar, tras burlar el más impresionante de los tráficos capitalinos, comenzaron a desmontar las mangueras, conectarlas a los hidrantes y a las cisternas, al igual que las Brigadas del Cafetal y la brigada bomberil de los estudiantes de la UCV; las estrategias de colaboración habían sido discutidas desde el camión de bomberos y ya estaban todos listos para apagar el fuego.

La consigna era: primero se debe apagar el fuego contiguo a lo no quemado y no apagar el fuego contiguo a piezas carbonizadas, lo que ya se había quemado no tenía remedio, pero había que prevenir que más cosas siguieran ardiendo y así controlar el fuego, Velásquez sabia que lo más importante era el rescate de las víctimas, y para eso primero tenían que controlar el fuego.

Todos se habían puesto de acuerdo en aplicar una nueva técnica bomberil para sacar a los niños, había que mantener una ventilación fluida y atacar el fuego desde adentro, para que así escaparan el vapor y los gases de manera "Natural" por las ventanas que dan hacia la calle. Velásquez, se enlistó entre los voluntarios para el ataque interno, sabía que eso contribuiría a que el humo y los gases del interior de la casa hogar saldrían de ahí por las ventanas y en donde quiera que estuvieran los niños y las monjitas resguardados les daría chance de rescatarlos con vida.

La primera habitación a la que se enfrentó Velásquez fue el pasillo principal, las escaleras ardían sin control, al igual que enormes figuras religiosas que se apostaban en sendos lados del pasillo, mientras apagaba el fuego podía imaginar como los niños bajaban en horas de la mañana al sonar la campana para desayunar, esa vieja estructura de madera sonaba como un hipódromo en pleno Domingo, cuando esas veinte inquietas almas corrían en manada escaleras abajo hasta el comedor. El calor era intenso y lo podía sentir ardiéndole en la piel mientras le ponía más empeño en extinguir completamente el fuego de dicha habitación.

El humo y el hollín había hecho mella en los techos del salón, Velásquez pidió más manguera y se enfrentó a la segunda habitación, era uno de los salones de clase, aún quedaban algunos de los dibujos de los niños sin quemarse en las paredes, solo las dos primeras filas de pupitres se habían quemado ya, imaginaba a los niños con enormes cajas de colores haciendo dibujos sobre sus profesiones futuras, uno que otro que soñara en ser bombero como él, recordó su propia infancia, su maestra, sus compañeros y con mas empeño extinguió por completo la habitación, casi no podía creer que había logrado extinguirlo. Estaba agotado, pero por nada del mundo iba a dejar de buscar a los niños.


Al salir del salón comenzó a apagar el pasillo contiguo a éste, y mientras luchaba contra el fuego intenso que le ardía en las mejillas, encontró el cuerpo sin vida de lo que parecía ser una de las monjitas, inmediatamente pidió refuerzos para sacarla del edificio. Desafortunadamente no había mucho que hacer, su cuerpo si vida había colapsado tras una lucha incesante entre quemaduras de tercer grado y asfixia por humo.


A medida que iba penetrando Velasquez y apagando el fuego que se había adueñado del lugar, más cansado y más invencible se sentía, cuando estaba frente a la cocina oyó detrás de él unos ladridos, era península, toda cubierta de hollín apoyandolo y dándole fuerzas para apagar el fuego, Velasquez penetró en lo que era la cocina, al parecer el incendio se había iniciado en esa habitación, estaba carbonizada casi por completo, en el fondo se veían cacharros y ollas, colocados por toda la destrozada habitación, península comenzó a ladrarle a una puerta, Velasquez tuvo la sensación que ahí se encontraban los niños, desafortunadamente encontró en la cocina los cuerpos de las otras 3 monjitas casi irreconocibles en la habitación que ardía por completo.


Península era como un recordatorio que los niños aun podían estar con vida, sus ladridos cada vez eran mas intensos y Velasquez, estaba desesperado por desbloquear la entrada a lo que parecía ser el comedor en una habitación totalmente inundada de llamas; Velasquez se las jugó todas.. con todas sus fuerzas empujó las vigas que bloqueaban la puerta.. pensó en su familia, en su infancia, pero la imagen de los niños que no conocía era mas fuerte y persistente, tenía que entrar en la habitación; Península ladraba aún con mas fuerza, como aupándolo para que sacara fuerzas de donde no las tenía y moviera la viga.

Una vez que Velasquez logró mover la viga tras un esfuerzo sobre humano, la misma se avalanzó sobre él y lo noqueó contra el suelo, sentía el ardor en su espalda de la madera atravesandole el cuerpo, se dejó ir lentamente mientras el fuego le dividía el alma y el cuerpo mientras estaba tendido en el piso; cuando su cuerpo agotado y vencido estaba a punto de dejarse llevar por la lluvia helada de la muerte, Península empujó la puerta que había estado bloqueada y alcanzó a ver una hermosa habitación perfectamente iluminada, sin humo, sin fuego, habían veinte niños sentados en una mesa sonriendo.

El fuego no había profanado aquel comedor iluminado, los niños se alegraron al ver a la perrita y Península los guió hasta las afueras del edificio, y de ahi salieron los veinte niños riendo agarraditos todos de las manos, cantando las canciones que les habían enseñado en clases de musica las monjitas.

Los bomberos quedaron paralizados ante la escena, el capitán llamaba desesperado a Velasquez para felicitarlo por el rescate, y fue cuando una pequeña niña de 8 años se acerco al capitán y le dijo - Señor Bombero, el bombero Velasquez ya está en el cielo-.