
El Padre Bartolomé había sido asignado hace ya un par de años a la parroquia de El Molino en un sector llamado Canaguá del los Andes Venezolanos por ser oriundo de la zona lo hacía mucho más sensible a la comunidad que habitaba en el lugar.
El Molino es un pequeño caserío que cuenta apenas con 6 calles una plaza y una capilla, y el Padre Bartolomé en poco tiempo era un miembro activo de la comunidad, tenia a cargo a parte de la iglesia un ancianato en donde la comunidad contribuía a diario para darle albergue a 15 viejitos que habían quedado desprotegidos y allí habían conseguido hacer un hogar.
La situación era difícil para todos en el pueblo, desde el año pasado, tras una enorme vaguada los caminos habían quedado muy deteriorados y llegar hasta el pueblo se había convertido en casi una proeza troyana, inmensas montañas de tierra y piedras se habían apostado en las carreteras y aun con los tractores de los agricultores de la zona, no se había podido reestablecer las vías en su totalidad.
A pesar de las dificultades los vecinos no dejaban de llevar comida a los viejitos, porque ya era parte de su rutina, a finales de abril, tras una intensa sequía, las lluvias amenazaban con mas fuerza que el año anterior, y eso los asustaba a todos, no querían quedarse como el año anterior.. encerrados sin caminos en la mitad de la montaña.
Ese viernes en la noche de fines de abril, los temores del pueblo se encendieron, el agua no dejó de llorar del cielo, necesitadas las nubes después de la agotadora sequía, se desahogaba el cielo con fuerza sobre los andes, tanta fuerza tenia esa lluvia ansiosa que arrastro con ella el hollín de los incendios forestales, los frailejones acunados en la montaña y sin piedad se llevó montaña abajo el techo del salón de estar del ancianato.
Esa mañana del sábado había llegado el agua hasta los cuartos de los ancianos, uno de ellos salió gritando buscando el bote salvavidas, confundido por tanta agua, se creyó en un barco, aquel como en el que llegó hace 70 años a Venezuela, y el resto de los ancianos gritaban por ser los primeros en abordar los botes salvavidas imaginarios.
El padre Bartolomé era un sacerdote de espíritu joven, aún con sus manos cansadas el ímpetu de su espíritu lo hacía luchar a diario por llevar con bien a las ovejas de su rebaño, impulsado por su espíritu joven, no podía permitir que los ancianos estuvieran en esa situación; saco cuentas en su despacho de los ahorros de la parroquia, y tristemente se dio cuenta que no alcanzaban para comprar los materiales, con los que repararían el ancianato.
Consternado habló con sus feligreses el domingo en el sermón, y aunque todos pusieron de su parte, los daños habían sido importantes y necesitaban una considerable suma para hacer las reparaciones, así que tenia que ingeniárselas para solucionar el problema lo más rápido posible.
Al salir de misa el padre cruzó la plaza y ahí estaba el Sr. José con su carrito de globos, compró uno, le escribió una oración a Dios pidiéndole ayuda y lo dejó ir, de alguna forma el elevarse hasta el cielo lo haría llegar mas cerca de Dios, y así el mensaje llegaría más rápido.
Entonces el padre Bartolomé lo vió todo como una gran iluminación, mientras el globo se perdía en las nubes, más allá de la montaña, concibió un gran plan para recoger dinero para arreglar el geriátrico, venderían deseos en globos, se decía a sí mismo, como no lo había pensado antes, lo que completaría su plan y lo haría muchísimo mas interesante, es que él se los entregaría personalmente a Dios.
Su plan consistía en vender suficientes globos que levantaran su peso y se elevaría a la deriva del viento para subir personalmente a las nubes todos los deseos y oraciones de las personas que contribuyan.
La noticia comenzó a esparcirse por el pueblo y la gente entusiasmada compraba su tarjetita para ser anudada a su globo, luego pasó a conocerse en todo el municipio, luego llegó hasta la ciudad de Mérida la noticia, y como allá están un poco mas avanzados con la tecnología, los jóvenes de la universidad hicieron una campaña y recibían los depósitos electrónicamente así como los deseos de las personas que querían contribuir.
Ese plan de los muchachos fue mágico, en menos de una semana solo electrónicamente tenían exactamente 2.583 deseos, globos y la respectiva contribución.
El Padre Bartolomé no lo podía creer, habían triplicado la cifra que necesitaban para hacer las reparaciones, y con los ingresos extra ya se gestaban proyectos de cambiar los colchones y comprar lencería nueva para el ancianato, entre otras cosas. El proyecto había sido todo un éxito y todos estaban muy emocionados.
Esa tarde de sábado, una semana exacta desde que el ancianato había sido arrastrado por la lluvia, con un excedente del doble del presupuesto de reparación, el Padre Bartolomé, estaba en
El Padre Bartolomé se sentó en el columpio a su mano izquierda estaba su globo con su deseo, lo vio con ilusión y se anunció la gran partida.. los niños aplaudían, los ancianos eran los espectadores en primera fila del gran espectáculo, un niño chiquitico se le acerco al Padre y le dijo –Sr. Cura dígale a Papadios que cure a mi mami- El padre Bartolomé le acarició la cara y sus ojos se pusieron vidriosos. Asintió con la cabeza, se sentó en el columpió, se preparó y remontó a volar.
El viaje al principio era incómodo y vertiginoso, el columpio se movía al correr del viento y el Padre Bartolomé se agarraba con fuerza, pero de pronto, todos sus miedos desaparecieron, era tan ligero como un globo, no tenía rumbo solo las manos de Dios, olía a lluvia y las montañas comenzaron a besarle los pies.
Mientras remontaba la montaña que los separaba del valle, el Padre iba recordando su propio deseo, deseaba con tanta fuerza que las cosas volvieran a ser simples como cuando el era un niño y crecía en los sembradíos de sus abuelos muy cerca del pueblo de El Molino.
Sus pies rozaban las puntas de los árboles, apenas si tocaban las copas de éstos, el viento era frió, como tomar agua directamente del Chama en las partes altas, entrecerraba los ojos disfrutando del momento y fue cuando su pie se enredó con un delgado cordón que estaba en la punta del último árbol antes de remontar hacia el valle.
Se había anudado en su pie un cometa, no era cualquier cometa, era su cometa que había perdido en algún momento de su infancia, tenia su nombre en marcadores indelebles de colores, lo tomó en sus brazos y comenzó a llorar, Dios le había concedido su deseo, las cosas volvían a ser simples de nuevo, volaba, como su cometa lo hacía volar en su infancia. Así que sonrío con su cometa en brazos y fue a entregar el resto de los deseos a Dios.
Nunca más se supo de él, algunos cuentan que vieron ángeles enormes abrazándolo y llevándoselo al cielo, otros dicen que se congeló en las nieves perennes de los andes, lo cierto es que los deseos llegaron sin intermediarios y Dios les regalo a todos los que mandaron una ilusión en un globo un deseo cumplido.
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